JOSÉ BONIFACIO

(LA CASA DE LAS SOMBRAS AZULADAS)

 (fragmento)

Juan Kam

(Juan José Camisón)

 

            José Bonifacio regresó del cementerio de enterrar a su bisnieto a las cinco y media de la tarde, con un calor abrasador, en pleno mes de julio. Tras recibir el pésame de todos los vecinos y de las más de cuatrocientas personas del pueblo que habían venido a acompañarlo hasta su casa, se despidió del duelo con un lacónico gesto de agradecimiento y se metió para adentro. Luego cerró la puerta con doble vuelta de llave, se quitó la chaqueta de pana y la gorra y las colgó en el perchero de la entrada. Se restregó los ojos con el dorso de la mano derecha para quitarse una traicionera lágrima que comenzaba a desbordársele por uno de los párpados y carraspeó tres veces para procurar que le volviera la saliva a la garganta. Después cogió una silla de respaldo del zaguán, se encaminó al cuarto hondo donde oreaba el queso y fermentaba el vino, atilló bien por dentro y se sentó en el centro de la bodega, rodeado de todas las tinajas, así como estaba, en mangas de camisa, mirando fijo al suelo. Vomitó suspiros que casi ni le cabían en la garganta, uno tras otro, hasta que el corazón se le vino a la boca de repente y dio un rugido bronco como un toro. Con la cabeza apretada entre las manos, lloró y gritó todo lo que no tuvo fuerzas para llorar y gritar durante el velatorio y todo el duelo. A José Bonifacio se le acababa de terminar la vida para siempre. Ese bisnieto suyo, cuyo cuerpo yerto venía de dejar en el cementerio hacía un momento, era su única esperanza de futuro. La zorra de la vida acababa de darle la última puñalada trapera por la retaguardia. Le había pegado otras, pero nunca como ahora le había atravesado las tripas tan certeramente. Hasta sentía cómo le perforaba las entrañas y alcanzaba, a toda prisa, los mismos ventrículos del corazón, llena de lumbre. Tras una tarascada de tal calibre, no quedaban razones para seguir ya respirando. Ni quedaban caminos por recorrer ni ganas de intentarlo. No daría ni un paso. Ni por su propia vida ni por mantener erguida la frente de aquella casa llena de sombras azuladas que lo empujaban, cada madrugada, a tirar adelante como un animal de brega. Hasta aquí había llegado. Todo había sido en vano. La vida era una inútil aventura que siempre terminaba perramente. Por mucho que se intentase engañar a la muerte, ésta siempre acababa por ocupar su sitio. Estaba solo. Se quedaría sentado en esa silla y esperaría a que viniera a buscarlo también a él esa maldita zorra desdentada. Ni siquiera la odiaba a estas alturas. Iba a aguardarla incluso sin sin miedo ni aspavientos, como un espantapájaros de bálago espera de la tormenta de granizos que, un buen día, lo azote y lo deshaga en rimeros de paja seca, desparramada por la tierra. El pánico que ésta pudiese llegar a producirle se le antojaba ya una menudencia. Cerró los ojos y, tras desahogarse honda y firmemente de los atascos emocionales que aún lo atenazaban, se dispuso a esperar a lo que fuese que tuviese que venir, sentado de esa guisa, en medio de las alquitaras y los quesos. A oscuras, en silencio, sólo iluminado por aquella brizna de luz que el estrecho ventanuco dejaba pasar escasamente, con los pulsos de su cada vez más sosegado pecho sonando en sus oídos, José Bonifacio entró en hibernación en medio del verano.

 

         José Bonifacio era un viejo enjuto y correoso, con una mirada azul huidiza, agazapada debajo de unas cejas abundantes, que nunca había permitido que por sus mejillas corriese ni una lágrima. Pero estaba cansado de luchar y de plantarle cara a las contrariedades. Había llegado la hora de decirle a la muerte: basta, me has vencido. Me has ganado con creces la partida. Que vengas a buscarme ahora mismo o dentro de tres días, es tu problema, a mí me da lo mismo. Yo ya lo he andado todo, visto todo, renunciado a todo. Ya no pienso mover ni un solo dedo. Así que aquí te espero...

        

         Y José Bonifacio no volvió a moverse de la silla en la que estaba sentado, en los diecinueve días siguientes. Ni para abrirles a los parientes que vinieron insistentemente a llamar a la aldaba ni a los que aporrearon la puerta con vehemencia ni a los que se desgañitaron gritando su nombre hasta altas horas. Ni para atender a las cabras que corneaban en el postigo de la cuadra ni a las caballerías que rebuznaban hambrientas en los corrales y coceaban contra los tabiques, a pique de tumbarlos, ni a las gallinas que cacareaban su persistente abandono como enloquecidas, tras comerse sus huevos, famélicas perdidas. Ni volvió a sentir ninguna necesidad de levantar su rostro del suelo para mirar, por el ventanuco de la honda cámara, la luz de la mañana o el fuliginoso velo de la noche. Ni se volvió a mover de aquel asiento para rebuscar en la cocina un mendrugo de pan o una bolluela. Ni sintió urgencias fisiológicas inaplazables ya más en adelante. Ni ganas de enderezarse. Ni de pronunciar palabra alguna de alivio por sí mismo. Ni de rezar. Ni de llorar. Ni de pensar siquiera en todos aquellos muertos familiares que le habían precedido, apresurados, o en las azuladas sombras que, tantas veces, en las recónditas alcobas de su casa, fueron sus escondidos confidentes. Simplemente se quedó allí sentado, escuchando, al principio, la lejanísima baraúnda de la calle, el liviano fragor de las motocicletas, el minúsculo grito de los grillos, hasta que, poco a poco, su oído hipertrofiado, único sentido que no se le paró en aquel letargo, empezó a percibir las corribandas desaforadas de los ratones por entre las alquitaras del aceite, el crepitar del vino en las tinajas, los crujidos del queso y las morcillas al secarse y hasta las vaharadas de humedad musgosa que ascendían desde el suelo por la pared arriba durante las tibias noches del verano. Y, una mañana, los vecinos, hartos de buscarlo por los encinares y en la huerta, y tras comprobar que tampoco se había ido a Plasencia a casa de la Elicia, echaron la puerta abajo y lo encontraron muerto sobre las lanchas frescas de pizarra del cuarto hondo, con la silla volteada sobre sus espaldas y los ojos abiertos y casi devorados por dos hileras de hormigas que iban y venían, atareadas desde sus verdes cuencas desmedidas hasta una brecha rugosa en la pared por la que se escapaban hacia los corrales.

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